jueves, 22 de abril de 2010

Caras cansadas, gastadas y golpeadas. No se resignan a la opresión y deciden manifestar su disconformidad. Ha pasado no más de dos siglos desde la revolución industrial y esos monstruos metálicos parecen procrearse e invaden, irrumpen, compiten, y destronan aquella fuerza de trabajo humana tan succionada y menospreciada por los dueños del capital. Por las noches, son el tormento de una pesadilla, y durante el día, son el acoso de la desocupación. Cuanto lamento que los ludditas hayan perdido esa batalla librada tan ingenuamente, como si con la destrucción de la maquinaria, se habría de terminar esa mentalidad capitalista que nos caracteriza.

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